top of page

Para que mute con nosotras

  • Foto del escritor: Marina Ruíz
    Marina Ruíz
  • 20 abr
  • 5 min de lectura


En algún momento de 2020 — la pandemia hizo lo propio con las fechas — un grupo de mujeres jóvenes de la CDMX, el EDOMEX y distintas partes de México nos organizamos para estudiar, analizar y monitorear la recién nombrada Política Exterior Feminista. No teníamos recursos o financiamientos. Teníamos tiempo, curiosidad y la certeza de que el tema, aunque no éramos expertas, nos importaba.


La palabra jóvenes es importante. Si bien nuestra edad fluctuaba entre las casi 20 mujeres que integramos el grupo, ninguna tenía más de 25 años. Todas éramos estudiantes o recién graduadas en nuestro primer empleo, que como suele ocurrir, no nos brindaba un gran salario.


Sin algún recurso más que nuestra voluntad, y con el ímpetu que solamente puede dar la juventud temprana, nos dedicamos a escribir análisis, realizar conversatorios, capacitarnos internamente y buscar reuniones para incidir en la formulación de la Política Exterior Feminista. Estas reuniones no fueron sencillas de conseguir. En ese momento inicial sólo logramos tener dos con personas a cargo del tema en dependencias de gobierno, ninguna considerada "oficial" por decisión unilateral de las instituciones. En una de ellas, el funcionario de alto rango que atendería la reunión canceló de último momento y asistió en su lugar una persona jefa de departamento. Para nuestra fortuna, también era joven, y tenía la misma pasión que nosotras por dotar de significado a la PEF.


Tuvimos muchas más reuniones — con personas diputadas, con academia, con otras organizaciones. En cada una recuerdo un protocolo muy similar: cuánto tiempo llevábamos en el tema, nuestros grados académicos, si teníamos recursos, si contábamos con relaciones con organizaciones de "renombre". Tras descubrir nuestra juventud, nuestra falta de experiencia y de financiamiento, las reuniones terminaban con una felicitación por nuestro trabajo y una mención a lo necesario de contar con voces jóvenes que empujen estos temas hacia las generaciones del futuro.


Pocas personas estuvieron de hecho interesadas en escuchar qué teníamos que decir, qué teníamos que aportar, y especialmente, cómo nos trastocaba la Política Exterior Feminista — o por qué no lo hacía.


Nuestra experiencia tomó tres formas. La primera, la más común, fue la anulación: correos sin respuesta, reuniones cerradas, membresías con pago, eventos exclusivos para grados académicos específicos. La segunda fue el espacio físico sin espacio sustantivo — cuando lográbamos colarnos, éramos bienvenidas logísticamente pero apartadas de las tareas de incidencia, reservadas para personas "mejor preparadas". La tercera, y la que cargamos con agradecimiento hasta hoy, fueron los espacios que nos abrieron las puertas no para exhibirnos, sino para escucharnos. Nuestra universidad, en un sentido no meritocrático, fue nuestra mejor aliada: nos enseñó y luego nos dejó enseñar. Nunca escuchamos un "no", sino un "cómo".


Así, como mujeres organizadas, intentamos entrar al mundo de los colectivos y las organizaciones de la sociedad civil. Con honesta poca sorpresa, descubrimos que muchos espacios sucumbían a los mismos enemigos que buscaban combatir. Había una jerarquía muy bien establecida, no sólo dentro de las organizaciones, sino en el universo de alianzas entre ellas. La representación, el financiamiento y los recursos estaban concentrados en grupos con "mucha experiencia". El trabajo de territorio — no siempre por elección propia — había quedado subordinado a la necesidad de producir evidencias materiales para redes sociales.


Y lo más importante: muchas organizaciones ya no eran "de la sociedad civil".


Nuestro primer intento organizativo cerró de forma definitiva hace unos meses, influenciado en parte por estos factores, pero también porque decidimos reformular nuestro trabajo para obedecer, precisamente, a la sociedad civil. Nos dimos cuenta de la importancia de espacios para las personas sin membresías, sin grados, sin financiamiento — lo que nosotras mismas éramos al principio.


No estamos sacando el hilo negro. Esta es probablemente la experiencia de muchas otras organizaciones a lo largo del tiempo. Lo que intentamos con este escrito es tener un punto al que volver cada que lo necesitemos: un recordatorio de a qué no queremos someternos.


El trabajo de las organizaciones suele ser una cámara de eco. Trabajamos entre nosotras, presentamos entre nosotras. Las personas que podrían beneficiarse quedan fuera de la conversación — y peor aún, quedan fuera las personas de quienes fue obtenida la información.


Esta práctica extractiva nos resuena y nos incomoda porque replica mecanismos colonizadores que mantienen a las personas como objetos de estudio y no como agentes. Lo que está al centro no es coadyuvar a resolver una problemática, sino asegurar el siguiente financiamiento. Y al mismo tiempo, replicar prácticas no éticas introduce a las organizaciones en un ciclo del que se vuelve especialmente difícil salir.


Muchos grupos organizados han adoptado también la jerarquía dentro de sus estructuras, arrastrados por los mismos conceptos que buscaban rectificar: la edad, la experiencia, los grados, la clase social, el género. La violencia y el agotamiento se han normalizado en una magnitud preocupante, desplazando el cuidado colectivo como eje que muchas organizaciones se han jactado de promover. La rendición de cuentas, tanto al interior como al exterior, y el autocuestionamiento entre los miembros, brilla por su ausencia.


Estas réplicas incluyen también "cuotas" de representación sin ningún compromiso con lo sustantivo de ella. Los grupos de personas jóvenes somos convocados como símbolo del compromiso con el relevo generacional, con las perspectivas "frescas". El mensaje que recibimos no es "habla y participa" — es "observa". Se asume que no hacen falta mecanismos efectivos de participación y mentoría para las juventudes, que el mero hecho de ser receptoras nos dotará de las herramientas que necesitamos para resolver nuestros problemas, aunque nadie nos haya preguntado cuáles son.


Hemos experimentado esos espacios. Pero también hemos vivido espacios guiados por la colaboración, la horizontalidad, el acompañamiento, el aprendizaje mutuo y la amistad. Desde el inicio encontramos otras juventudes que, paralelamente, estaban aprendiendo y accionando en sus propios espacios, resistiendo. Esos espacios nos dieron la valentía para emprender este nuevo proyecto.


Se habla de las juventudes siempre en otro tiempo. Somos "las semillas del mañana", "el futuro", "el relevo". Todo conjugado hacia adelante, como si hoy, ahora, nuestra vida estuviera en pausa — esperando el momento en que conceptos que nadie discutió con nosotras, la edad, la experiencia, el grado, la clase social, el estado civil, nos habiliten por fin la agencia para tomar decisiones, propias y comunitarias.


Las juventudes no estamos esperando. Estamos aquí, organizándonos, resistiendo, construyendo — muchas veces sin recursos, sin reconocimiento y sin que nadie nos haya preguntado qué necesitamos. La incidencia política juvenil no es un ensayo general para cuando seamos adultas. Es incidencia, ahora, con todo lo que eso implica: el derecho a equivocarnos, a reformular, a exigir rendición de cuentas y a ofrecerla.


Deseamos iniciar el camino de FARO — Feminismos, Ambiente, Recursos y Oportunidades — comprometiéndonos a desaprender estas prácticas, a creer en el poder de la agencia juvenil como actora e impulsora del cambio, a des-homogeneizarla para crear redes que refuercen el presente comunitario y desobedezcan la blanquitud del activismo no centrado en el territorio. Nuestra propuesta es que las juventudes elijan este espacio para aprender y construir, pero también para que lo nutran y lo transformen — para las siguientes generaciones y las de hoy, para que mute junto con ellxs y nosotrxs.


La descolonización del activismo empieza, entre otras cosas, por construir espacios que no reproduzcan esa lógica — no porque seamos perfectas, porque nos comprometemos a cuestionarnos cuando lo hagamos.


FARO nace con preguntas que queremos hacernos en voz alta: ¿A quién le estamos sirviendo realmente? ¿Quién está dentro de esta conversación y quién sigue afuera? ¿Estamos reproduciendo lo que criticamos? La respuesta, la erigimos en colectivo. 




 
 
 

Comentarios


bottom of page